“La pachanguita”

¡Caballerooo! El Embaracutiao se enamoró y de qué manera, ya andaba alardeando de que conoció a una “pombita”, allá, camino de La Nasa -otro pueblecito del entorno-, no sé de qué familia, pero sí que todo los días pide una bicicleta al atardecer y zas, se pierde dando pedales; no, si yo hasta me asombro, con los sustos que le hemos dado, pero fue esa reflexión la que motivó aplacar su pavoneo.

Convoqué a los primos y nos dimos a la tarea de estudiar donde emboscar al Embaracutiao, preferible a su regreso de ver la novia –es cuando viene lleno de orgullo-.

Bastó hacernos de un marrano grande, viejo y feo, una linterna, un abrigo grande, largo y negro, unos eslabones de cadenas y trozos de sogSin título.jpga, y unos cohetes de carnavales, en fin todo un arsenal que trasladamos al sitio acordado: El Crucero (círculo en rojo en el mapa).

Aquella noche era oscura, hasta se veían pocas estrellas, pues estaba algo nublado. Rayando las diez venía el Embaracutiao, cantando y todo, emocionado de sus pasiones, hasta que halamos las sogas que en sus extremos tenían atadas los gruesos eslabones de cadenas que chirriaban al chocar con las piedras del camino, de pronto silencio total, se fue de sintonía.

Detuvo la bicicleta por un instante, con él, el ruido de las cadenas cesó, miraba y afinaba los sentidos para orientarse y nada, decide nuevamente avanzar lanzando otra tonada, pero esta vez por breves segundos, porque entró en acción el marrano, tomado de la soga por un primo que llevaba puesto el abrigo negro y la tenue luz de la linterna iluminándole el rostro, parecía la pelona en persona.

Ya apostado en el medio del camino es visto por el Embaracutiao, que frena en seco la bicicleta, casi cae, pero gira en u y na’, las cadenas por atrás sonando, empieza entonces a dar gritos acompañados de una andanada de palabrotas, trata de avanzar y se le desmonta la cadena de la bicicleta, peor, daba pedales en el mismo lugar, hasta que se la echa al hombro y sale corriendo.

El marrano se asusta y sale tras él, arrastrando consigo al muerto, digo al primo larguirucho con abrigo, linterna y to’, las cadenas sonando y los cohetes poniendo de día el crucero, y el Embaracutiao, joder, se volvió a llevar la puerta de Silvita y Mérido.

Menudo trabajo nos dio agarrar al marrano viejo que asustado estaba que parecía un perro en vez de un cerdo, hasta que poco a poco logramos reorganizarnos, llevar todo a su sitio y tuturutú, a dormir que a las seis de la mañana me iba con Osmar, Pipo y Bartolo, primos todos, a la Casabera,  a pie y, llegó la sorpresa.

Justo al llegar a El Crucero, nos encontramos una pachanguita nueva, la recogimos y seguimos camino, allá iba echándole el cuento a los primos grandes, del susto que le dimos al Embaracutiao la noche anterior, y entre carcajadas llegamos al círculo social de Bocas.

Esta vez no era a caballo, a pie y con buen paso, no obstante deciden merendar pero ninguno llevaba dinero encima, es por ello que les propongo venderle la pachanguita al dependiente. Bartolo le pregunta cuanto das por ella, el dependiente le responde, siete pesos no más -trato hecho- y a desayunar.

Llegando a la Casabera les mostré la piedra “propiedad del Embaracutiao”, y todo el relato de la carrera con aquel caballo. El día allí transcurrió sin almuerzo, solo me dieron a probar casabe con miel como a las once de la mañana y, al fin, el regreso sobre las tres de la tarde.

Rato después llegamos al círculo social de Bocas, y nos encontramos menuda discusión entre el dependiente, que bien puesta llevaba la pachanguita, pues para eso la había pagado, y ¿Saben quién? El Embaracutiao compadre, y dos primos más, reclamándola.

Allá fui a calmar al Embaracutiao quien me dice que se la había regalado la novia la noche anterior y la perdió porque le salieron unos “bichos del infierno” en El Crucero, cuando venía de verla, y que ese sombrerito es suyo.

No pude aguantar y, a reírme fui a un banco: –cálmate compadre, te voy a contar- por allá el dependiente arremete: “que va a venir el vejigón de mierda este a echarme guapería” “¡So vaina!”, le gritó. “Más vaina serás tú, dame la pachanguita o te la quito”. “Mira si la quieres cómprate una o dame siete pesos, soquete”.

Aquello cogió temperatura y ninguno de los primos tenía dinero, pues a pesar de haber trabajado un jornal en la casabera no le pagaron ese día, fue cuando “el salvador”, increíble, el borracho costumbrista que improvisando unos versos llegó:

“Vaya bronca que me encuentro.// Vaya royo que hay.// Deja cantinero el invento,// Por una pachanguita de mierda.// Toma veinte para que des al habanero el sombrero// Y ponme una Ronda que ya ni sé lo que quiero.”

“¡Habaneros problemáticos!” Dijo el borracho- ¿¡Ustedes no son los que se cayeron del caballo grande!? Hip, no se los dije. Y ahora arreen, arreen por ahí, arriba, con primos y to’ andando.

Así fue que seguimos de regreso y los primos grandes ni hablaron, solo trataron de aplacar la situación y reírse. Por cierto, ¿de dónde habrá sacado el borracho dinero?

El Embaracutiao nos cuenta -ya por El Crucero-, “mira, aquí mismo me salieron los bichos, un animal grande, parecido a un puerco, pero echaba candela por la boca, no, y otra cosa negra larga y flaca con la cabeza encendía y unos colmillos largos, unos ruidos de hierros y unos rayos que me puso de día el camino y, para colmo, le daba a los pedales y dale que dale y no rodaba la bicicleta, me la eché al hombro y a correr. Ahora la ando buscando para devolverla porque me pesaba mucho y la solté al borde del camino”.

¡Ay borracho!, me dije, pensando que la haya encontrado y vendido, pero ni hablé, por suerte cuando llegamos a casa de Silvita y Mérido con los primos, allí estaba la bicicleta con la cadena todavía desmontada y llena de polvo, la había traído Humberto, el dueño, que la encontró, quien molesto sentenció al Embaracutiao  que no se la pidiera más.

Qué pena me dio con el Embaracutiao, yo mismo le hice los arreglos a la bicicleta y le di mantenimiento, luego la devolvimos y de regreso: bueno de regreso le dije: ¿Quién habrá sido el condena ‘o que te dio ese susto compadre? Pero me prometí a mí mismo no hacerlo más. -¿Lo cumpliría?-

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