“Rayos y Centellas”

Al amanecer bajé temprano a un embalse situado a un kilómetro de La Loma, en Palmarito de Bocas, allí se llega por un camino, cercado a cada lado con piña de ratón o mayal como le suelen decir sus pobladores, su altura no impide que se vea, a su izquierda las tierras que cultiva Humberto, un creyente de Jehová, sembradas de maíz por aquella época, y a su derecha las de Tite, un pariente trabajador y con inmensos platanales.

Ya loma abajo llego a una cañada, tramo bien oscuro por la sombra de tres coposos árboles conocidos allí como cabrachos y una solitaria palma, que hacen del lugar un sitio frío y tenebroso; luego subí otra loma, por allí me conseguí dos melones grandes en “lo de Poli”, un labriego de la zona, y de ahí bajé a la represa donde los sumergí debajo del brocal de una poceta, con la intención de recogerlos a media mañana, bien frescos para aplacar la sed por el intenso calor.

Ya en La Loma, mientras planificaba una trastada con unos primos, se levantó el Embaracutiao. – ¿Tú viniste al campo a dormir compadre?- le dije, y propuse me acompañara a buscar los melones rayando las doce. Él, como siempre, dispuesto, y a partir de la propuesta, no cejó un instante en exigir salir por los melones.

Ya por el camino le recordé su aterrizaje forzoso luego de la caída del caballo y la pena que me dio retirarme sin poder evitar la zurra que le dio la tía. Al fin recogimos los melones, uno lo tomó él, sobre su hombro derecho, y el otro lo llevé sobre el hombro izquierdo, cosa que no impidiera conversar y así fue que a unos doscientos metros de la cañada le eché unos cuentos sobre apariciones que se daban allí. ¿Qué es eso de apariciones? –preguntó un tanto azorado-.

Mira, ahí en la cañada sucede lo más insospechado, de momento te sale un hombre vestido todo de blanco acompañado de una niña y con la mano derecha extendida, como pidiéndote algo y tú vas sintiendo que se te pierden las fuerzas y no puedes avanzar –le dije- oye, y no se te quita hasta que no le des algo de dinero, o de lo que lleves encima.

El embaracutiao se iba sugestionando con aquello mientras nos aproximamos a la cañada. Ahí también se oyen voces que parece vienen del infierno, sí, sí, no abras tanto los ojos ni me mires con cara de asombro, tú vienes caminando y de momento sientes como te pasan por el lado conversaciones que ni se entienden y se pierden, pero que te dejan temblando.

Ya íbamos rebasando la cañada y en el justo momento en que la luz del sol parece más intensa tras dejar la oscuridad, le dije: no si hasta del cielo caen, a veces, “rayos y centellas” -la frase acordada con los primos que aguardaban a cada lado del camino, ya preparados para lanzar los ‘rayos y las centellas’, digo, los ‘terrones de tierra’-, y le repito al embaracutiao que había comenzado a caminar más aprisa –sí compadre, ‘rayos y centellas’-.

Y comenzó a caer una lluvia de terrones desde el platanal de Tite y desde el maizal de Humberto, el embaracutiao gritó ¡Ay mamacita!, -echó a correr que casi pegaba los calcañales en la espalda y yo azuzándolo –corre coño, corre- na’, soltó el melón del susto, mientras seguían picándole los terrones hasta llegar a la casa con una velocidad tal que se llevó la puerta de cuje y yagua situada a la entrada del cuarto, dando gritos de querer regresar para La Habana.

Ese día se me fue la mano con el Embaracutiao, todos en función de calmarlo y hasta ni durmió bien según me contaron los primos, vaya susto el de la incultura y las travesuras.

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