“Por los aires”

El Embaracutiao no necesita presentación, el primo llegó cuando yo llevaba casi un mes andando y desandando por las lomas de Palmarito, llegamos a casa de Rojito, un pariente, temprano en la mañana, aún los gallos cantando, fresco el rocío en los potreros y la neblina disipándose al asomar el sol en el horizonte.

-¡Eh! Y eso tan temprano por acá. ¿En qué andan ustedes? -el no imaginaba las travesuras que le esperaban a su caballo-, un siete cuaCaballo 7cuartas.jpgrtas, para mí era de ocho, mira que era alta esa bestia, pero el Embaracutiao, desesperado por sentirse a sus anchas y cabalgar como el que más, le pidió el animal, mas no interesó montura, por temor a que Rojito se arrepintiera, cosa difícil, porque ese guajiro bonachón no se negaba a nada, era desprendido y, siempre con una sonrisa a flor de labios, accedió a prestarlo, no sin antes sugerir que no lo corrieran porque es muy veloz.

Ya con dos cojines encima del animal y los trabajos para montarnos encima de su lomo, salimos al paso por todo el camino hasta la loma de Palmarito, pero sin detenernos seguimos a tomar el camino real, ya al paso trote, más cómodo para la bestia pero molesto para este par de jinetes, por cierto yo a la zanca y el Embaracutiao, como si fuera “por el aire”.

-¡Soooo, caballo! Se detuvo a la altura del crucero, llamado así porque entronca el camino ‘La Línea’, pues por allí pasaba una vía férrea con anterioridad. Con mil trabajos y sin bajarse, el Embaracutiao se puso un par de espuelas que traía envueltas en un saquito, y yo que pensé era pan, pues no había desayunado aún, ya que él me fue a buscar a casa de la abuela bien tempranito.

Le dije que esa no era buena idea, bien que Rojito nos recalcó que no lo corriéramos, él aseveró que no, era solo para especular, que me despreocupara que en todo caso, si nos caíamos, de seguro que él saldría embaracutiao – ahí comencé a entender que su sobrenombre tiene un montón de significados.

Ya en marcha, y luego de cuatro kilómetros de trote llegamos al círculo social de Bocas, pueblecito pequeño, que agrada sentir como suena el trotar de los caballos por algunas de sus calles pavimentadas, casas de mampostería o de madera y tejas coloniales, una calle principal con un paseo y bancos, una iglesia casi a su entrada, el camposanto, el coppelita, el sector policial, la tienda del pueblo, la posta médica, la parada, y bueno, que pueblecito no tiene esos y otros componentes.

-Embaracutiao, para ahí, arrima el caballo a la entrada del Círculo que vamos a merendar– le increpé, pues si por él fuera, seguíamos camino de ‘La Olleta’, lugar donde vive su tía, a unos ocho kilómetros de Bocas, nuestro destino, siguiendo por el camino real, pero bien, venga pues la merienda, nunca olvido el refrescante y rico sabor de aquel batido de helado, tres vasos bien fríos cada uno y dos marquesitas.

No faltó el consejo de un borracho costumbrista, quien tras saludar frunció el ceño, se dio un trago de ron, esbozó un clásico ¡hip! –Hipo- y aconsejó: -chamos, tengan cuida’o, ese caballo es el de Rojito, lo único que sabe es ir y venir de la Casabera, así que no lo corran que ese vicho vuela y con él ustedes volarán.

Enhorabuena el consejo, pensé, pero lo contrario sucedió con el Embaracutiao, que dio el primer espueleo y aquel animal relinchó en medio de la calle y se paró en dos patas, si no es porque le aló la jáquima se manda por el medio del pueblo.

Ya con el primer susto a cuestas salimos al paso hasta llegar a la salida de Bocas, donde un puentecito bajo permite dar de beber a la bestia quien resoplaba al tomar el agua fresca del arroyo, y nosotros allá arriba, sí, porque desde su lomo así nos parecía de alto ese animal.

Desde una máquina Chevrolet, en la que viajaban cuatro personas, su conductor llama al embaracutiao, él los saluda efusivamente y les dice que va camino de La Olleta, para ver a su tía, en tanto le proponen echar una carrerita, que de seguro va a ganar. Ahora si le dieron el gusto, de nada valió que le recordara a Rojito, el borracho y hasta el mismísimo diablo, sacó la bestia al camino y solo recuerdo que dijo –a la de tres- y aquello empezó a galopar y con los pinchazos de las espuelas, a toda carrera pues.

De veras que corría, aquella máquina fue quedando atrás, atrás y zas, a volar, delante de mí salió el embaracutiao, de cabeza, como un cohete, pero no para el cielo, sino rumbo a una piedra blanca, ya calentada por el sol de las diez, que aguardaba por su frente, hasta que ¡¡¡pum!!! – ¡hay mamacita! Mira, mira, me embaracutié, hay, hay –había que ver aquello, cuando se viró para mí la sangre le brotaba de la frente por chorritos, me quité la camisa, que por demás era blanca, y la puse en su frente, justo por donde el golpe y el hoyito, para contener aquello. Miro su cuerpo y no quedaba lugar con mataduras, estaba embaracutiao de verdad y el solo repetía –ahora sí que me embaracutié compadre.

En aquello me reviso y no encuentro golpe ni raspadura alguna, resulta que al caer, lo hice sobre los Bastos, que llegaron al piso primero y yo sobre ellos, wuaooo!!!, qué suerte la mía –y la máquina: llegó, se detuvo a unos treinta metros, solo se bajó el que viajaba al lado del chofer, y desde allí preguntó si había pasado algo y sin apenas recibir respuesta sonrió y siguieron su rumbo.

Razón tenía el borracho, el caballo entró a la Casabera, así que ese fue el motivo de que volaramos por el aire, justo a la entrada la bestia dobló y nosotros seguimos derechito y a toda velocidad.

Allá fui a buscarle, no sin antes dejar al embaracutiao, embaracutiao de verdad, a la espera a por venir a recogerle. Luego de pasarle la mano al veloz, acomodarle los bastos, aparearlo a un muro donde alcanzara a treparme en él, fue entonces que le di la mano al primo y con mil quejidos e improperios subió a la zanca y al paso trote rumbo a La Olleta nos fuimos, él quejándose y yo calmándole con las advertencias de Rojito y el borracho, a lo que pedía no le recordara más.

Ya en casa de la tía, para mi asombro, de nada valió le explicara el incidente, lo bajó de un tirón y con lo magullado que estaba la emprendió con un cinto –muchacho, que le digo a tu madre si te pasa algo-, y zas, zas zas, un cintazo, dos, tres –pobre embaracutiao- el caballo relinchó y emprendí el regreso solo, pues entendí al primo –vete para que no la cojan contigo.

No le vi en una semana, llegó nuevamente a Palmarito, aún sin haber sanado del todo, pero con buen semblante y deseoso de lanzarse en una nueva aventura.

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